CRUZANDO MIRADAS
Beatrix
Han pasado años desde la última vez que ví a Rafael, mi primer enamorado. Recuerdo que fue un encuentro poco satisfactorio, en un supermercado mientras hacia las compras de domingo. Yo estaba con pantuflas, despeinada. Él vestía elegante y paseaba con una morena, la cual presentó como “Laura, una amiga”. Inmediatamente la cara de la chica se tornó poco amable y dijo que iría un momento a la sección de yogures. Rafael sin inmutarse del disgusto de su “amiga” contaba un resumen poco colorido de su vida rutinaria mientras yo no dejaba de mirar el reloj con poco interés en sus palabras.
Ahora en cambio, la situación fue distinta. Cruzamos miradas en la esquina de un local del “barrio chino”. Él estaba solo esta vez, ojeando un periódico con una taza de café al lado y me invito a sentarme.
Se veía radiante y no dejaba de sonreír. Me sorprendió al contarme que ya no trabajaba en el lugar de siempre, que quería progresar y estaba en pleno ajetreo de embalaje para viajar a Londres la semana siguiente a seguir una maestría en arquitectura en la universidad metropolitana de dicha ciudad. Me comentó que el departamento que consiguió bordea el elegante barrio de Mayfair, donde según él, habita la alta sociedad y existen tiendas caras que datan de comienzos del siglo XX. Él ya había estado en Inglaterra antes, era un fanático del mix cultural, los buses de dos pisos, las edificaciones, el idioma y otras cosas que ofrece la ciudad cosmopolita.
“El edificio tiene una vista magnifica y esta alejado del ruido, no te imaginas, es paradisíaco”.-Finalizó.
No quise creer por completo sus alardes hasta la hora de la despedida, en dónde intercambiamos abrazos y teléfonos. Tras desearle suerte cruzó la autopista y se montó a un mercedez azul impecable que me dejó boquiabierta. Luego bajó la ventanilla y dijo pícaramente “Nos vemos en un par de años”.
Cierta envidia despertó en mí este encuentro, o más que envidia curiosidad. Yo seguía siendo la misma de siempre. No había progresado mucho económicamente, nunca he tenido tiempo ni dinero para viajar a Londres y mucho menos para hacer una maestría. Llegué a casa con una sensación extraña, y dejé correr los mensajes de la contestadora. Después de oír a varios cobradores frustrados tratando de ubicarme para saldar cuentas, escuché la voz risueña de Rafo, que pedía verme por última vez antes de su gran viaje.
“Voy a hacer una reunión de despedida” decía, y dictaba la dirección, la hora y el día.
Me demoré horas en arreglarme y llegué como cuarenta minutos tarde al lugar. Me sentí totalmente ingenua al entrar y ver que Rafael abrazaba a una chica. Era Laura, “la amiga”, pero esta vez la presentó como Laura, “la esposa”. Casi muero en el acto, pero fingí. Tomé un par de copas y lamenté haberme ilusionado estúpidamente pensando en un reencuentro. “Feliz viaje” dije; ya un poco tocada por el alcohol. Le pellizque el brazo con resentimiento y salí tambaleándome a tomar un taxi.
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